Sor Benigna Consolata Ferrero (1885-1916): Apóstol de la Divina Misericordia



Cuando un alma se arrepiente, cuando detesta el pecado que tuvo la desgracia de cometer, cuando lo llora de todo corazón, ¿me creerás tan duro que no lo olvide? No conocerías mi Corazón si lo juzgases así. Mi Amante Corazón tiene tal hambre y sed de los pobres pecadores, que cuando un alma empieza a volverse a Dios, ya mi Corazón no se puede contener y corre a su encuentro”. (Jesús a Sor Benigna, Escritos)

Sor Benigna Consolata Ferrero nació el 5 de agosto 1885 en Turín (Italia). Tras una infancia llena de pureza, empezó a sentirse fuertemente atraída hacia la vida contemplativa. El Divino Maestro le hablaba interiormente a su alma y le decía: “Irás a la Visitación y podrás no solamente hacerte santa, sino llegar a aquel grado sublime de perfección que Yo quiero, para bien espiritual de los demás. Yo te pagaré todos tus sacrificios... Cuando hayas probado lo que es el monasterio, ya no querrás volver al mundo por ningún motivo... Allí tendrás humillaciones, tendrás recogimiento y todo aquello que necesitas… Cuando entres al monasterio me ganarás almas”.

Despedida de la Visitación de Pignerol por su vida mística, ingresó a la Visitación de Como (al norte de Milán) el 30 de diciembre de 1907, cuando contaba 22 años. Desde entonces, la joven Salesa no puso límites a su fervor y Jesús no puso límites a sus comunicaciones sobrenaturales. Quiso el Señor por medio de su pequeña secretaria dar a conocer a todas las almas, paralizadas por el temor y falta de confianza, las ternuras incomprensibles de su Divino Corazón. Pedía amor, pero un amor lleno de confianza en su Infinita Misericordia.


“Escribe, ¡oh Benigna mía!, apóstol de mi Misericordia, que lo que más deseo es que las almas sepan que soy todo Amor, y que la mayor ofensa que pueden hacer a mi Corazón es dudar de su bondad. Mi Corazón no sólo se compadece, sino que se regocija cuando halla mucha materia en que ejercer su reparación, con tal que no vea malicia; ¡si supieras lo que haría Yo en un alma aunque estuviese llena de miserias si ella me dejase obrar! El amor de nada necesita; sólo desea no encontrar resistencia; y frecuentemente lo que exijo de un alma a la que quiero hacer muy santa, es que me deje obrar en ella. Las imperfecciones del alma, cuando no son consentidas, no me disgustan, sino que atraen la compasión de mi Corazón. ¡Amo tanto a las almas! Las imperfecciones deben servir al alma como de escalones para subir hasta Mí, por medio de la humildad, la confianza y el amor. Me inclino hacia el alma que se humilla, voy a buscarla en su nada para unirla conmigo”. (Jesús a Sor Benigna, Escritos)

Los escritos que por obediencia dejó Sor Benigna manifiestan las extraordinarias virtudes que en su alma se iban desarrollando, y un conocimiento clarísimo de la Misericordia del Corazón de Jesús, de su incomparable ternura, y de las mil delicadezas con las que quiere conquistar el amor de sus criaturas. Dócil a las enseñanzas de San Francisco de Sales, en lo exterior se conformaba por completo a la vida ordinaria de sus Hermanas. En lo interior, por el contrario, todo era extraordinario y luminoso.

Desencadenada en 1914 Primera Guerra Mundial, creyeron los Superiores de esta confidente de los secretos divinos que podrían forzarla a que obtuviese del Señor el término de un azote tan espantoso. La respuesta de Jesús fue consoladora, asegurando que no era esa guerra castigo de su justicia, sino castigo enviado por la Divina Misericordia, que serviría para salvar infinidad de almas que corrían a la condenación eterna. Al año siguiente exigió Jesús de Sor Benigna el sacrificio de su vida para conseguir la paz según las intenciones del Romano Pontífice.

“Has de saber para tu bien y para el de otras muchas almas que si se quiere obtener una virtud sólida, es preciso esperarla del Corazón de Jesús. Quien quiera la salvación, no tiene sino venir a refugiarse en este Arca Bendita: desde aquí se mira la tempestad sin sentir sus sacudidas, sin amenaza de peligro. ¡Oh, esposa!, enseña a todos el lugar de refugio que has escogido para perpetua morada; haz la caridad de instruir también a los demás, a fin de que vengan a encontrarme. Yo tengo tesoros de gracias para todos: el que viene se los lleva”. (Jesús a Sor Benigna, Escritos)

A finales de julio de 1916, Jesús la invitó a hacer un retiro de doce días para prepararse a la muerte. Corona de estos ejercicios fue una maravillosa fórmula de voto de humildad inspirada por el Señor. Hasta la extinción completa de sus fuerzas tenía que escribir, en secreto y con aprobación de sus Superiores, lo que Dios le iba comunicando. Estos escritos contienen una ilimitada confianza en el Corazón Misericordioso de Jesús y abrasan a las almas en el deseo de consumirse en ese amor.

Durante su última enfermedad, los asaltos del enemigo infernal fueron espantosos. Después de grandes sufrimientos físicos y morales despuntó para ella el día de la libertad eterna. El primer viernes de septiembre de 1916, a las tres de la tarde (Hora de la Misericordia), se abismó en el Corazón de Jesús. Tenía 31 años de edad.